La huella del bisonte, por Oscar Marcano

El tema de Lolita no es nuevo para Héctor Torres. Hace unos años, atareado ya en las primeras versiones del libro que hoy presentamos y afanado por la pasión que lo movía al avanzar en el texto, incurrió en la ingenuidad de formular una invitación a un grupo de amigos escritores a fin de acometer un relato sobre el tema. La respuesta, como es de esperar, no llegó a buen término. Todos hicieron como hice yo: agradecer e ignorar la convocatoria. Héctor era muy joven y mucho más entusiasta que ahora y aún no había calibrado lo temerario que resulta el compartir obsesiones.

Sin embargo debo confesar que me lo pensé. Y algún otro también debe habérselo pensado. Porque el argumento de Lolita es un tema clásico, hondo, que viene de los tuétanos del portento humano y en él se resumen tres nudos singulares.

Uno sagrado, misterioso y bello, como lo es la floración de la niña. Su transición a mujer. Otro, reprobado de un tiempo a esta parte, y es el que constituye la paidofilia o pedofilia (del griego páis-paidós, «muchacho» o «niño», y filia, «amistad») que se refiere a la inclinación por parte de adultos a sentir atracción sexual hacia niños o adolescentes. Y digo de un tiempo a esta parte, porque un sinfín de heroínas, beldades y otras figuras y protagonistas de grandes obras literarias han sido adolescentes entregadas al amor. Juzguémoslo sólo por Julieta, la amante del gran Romeo, una prepubescente de apenas trece años. En un tiempo en el que el promedio de vida con dificultad alcanzaba la treintena, Julieta y toda chica de su edad era considerada perfectamente válida y dotada para la vida sexual activa.

Estrictamente hablando, la pedofilia no se refiere al abuso sexual, sino a la mera tendencia o atracción que siente un adulto hacia un menor y es a menudo confundida con la pederastia , que es ya el acto de abusar sexualmente del menor.

El tercero de los nudos, presente en el esquema de la Lolita, es de corte netamente obsceno, y está representado en la sumisión, la caída y el paulatino deterioro moral del amante masculino que sucumbe, al grado de humillación, ante el objeto del deseo.

Es la oblación propiamente dicha.

El tema tiene antecedentes. El más palmario es Lolita, la novela de Nabokov, escrita en 1955, que debe su furor al film de Stanley Kubrick, realizado en 1962. A partir de éste Lolita se ha convertido en el término usado para referirse a las chicas adolescentes consideradas muy seductoras, especialmente si son menores de edad.

Hay otros ejemplos significativos: está la Mildred, la vulgar Mildred amante de Philip Carey en La servidumbre humana, de 1915, escrita por William Somerset Maugham. Una de las novelas más importantes de la primera parte del siglo XX, donde se explota no la pedofilia porque Mildred no es tan joven, sino el rápido proceso de  decadencia y sometimiento del amante masculino, en este caso un joven estudiante con un defecto en un pie, eternizado también por Leslie Howard subyugado por la inefable Bette Davis en el film homónimo de 1934.

Se cuenta también El profesor Unrat, novela de 1905, del autor alemán Heinrich Mann (hermano de Thomas Mann), mundialmente conocida por haber sido llevada al cine en la cinta El ángel azul (1930) del legendario Josef von Sternberg, donde un viejo prudente y autoritario, representante de la pequeña burguesía alemana se deshilacha y torna sumiso hasta la humillación, por el encanto que sobre él ejerce Lola Lola, una cabaretera de formas perfectas y mirada de miel, interpretada por Marlene Dietrich, y que representa ya el salto de la Lolita a la femme fatal. Muchos se preguntan si no fue de ahí de donde extrajo Nabokov el nombre para su enfant terrible.

La huella del bisonte

La huella del bisonte trata el tema pero desde la perspectiva y la mesura de la contemporaneidad. Sin extremos ni aspavientos. Con pragmatismo y verosimilitud, que son ingredientes esenciales de la obra de nuestro tiempo.

En el trabajo de Torres no se desencadena el lado perverso. Sin embargo, no deja de advertirse su posibilidad. La nínfula no somete paulatinamente al varón como nos han acostumbrado sus antecesores, ni lo muele hasta convertirlo en piltrafa.

El proceso es más maduro y decantado. Más realista, en un mundo donde nadie muere por nadie. Héctor evade inteligentemente la ruta trágica que hubiera convertido la trama en parodia. Mario, el protagonista de la novela, muerde la fruta, la saborea y, aunque degusta y se detiene bajo los dinteles de su vicio, no resbala al abismo. Tampoco Karla. La joven ni padece ni se somete a un rigor particular. Con cognición y naturalidad entiende a Mario como un accidente en una vida en la que tendrá que encarar muchas y mejores contingencias.
En las obras que le precedieron, el lado perverso, moralmente condenable del hombre maduro que sucumbe ante la niña, termina disolviéndose en su propio castigo. Es decir, la pedofilia se paga con el drama de la adicción. En La huella del bisonte no hay castigo porque no llega a haber servidumbre. A la Lolita no le interesa en el fondo hacer añicos nada. Por el contrario, a ratos muestra los indiscutibles rasgos de una juventud actual, claramente desideologizada, libre de prejuicios, indiferente a los viejos dogmas y muy madura a su manera.

Estamos en presencia de una novela curtida, trabajada. Y ello se evidencia en el tratamiento del lenguaje. Hay mucho de regusto, de cata, de administración de silencios. Hay imágenes elaboradas que hablan no de un escritor novel sino de un autor que degusta, saborea y ensaya con templanza.

Se constata, por otra parte, el aposento de un tempo. De todos los jóvenes cuya obra me ha tocado conocer de cerca y en cierta forma acompañar, ha sido Héctor el más reacio a aceptar el maridaje del lenguaje y la contemporaneidad. En un momento dado pensé que era incomprensión. Luego observé que era carácter. La apuesta personal al tejido en una suerte de comedimiento, de prudencia. Héctor prefiere el tai chi a las subidas escarpadas. Y es que nuestro autor es un observador profundo. Calmo y reservado. Es esa naturaleza la que le depara altos destinos en la prosa. Su carácter se siente más a gusto en las proporciones, en los equilibrios que en los filos de la realidad.

Es un corredor de fondo.

Una última observación en el paladeo de esta obra es la relativa a las feromonas.

Héctor Torres aborda la senda del erotismo. De todos, un riesgo mayor. Y lo encara con la delicadeza que comporta la expresión del resquicio femenino. Y no lo digo yo que soy un prosaico. Lo dicen las damas que se han aproximado a la obra y han quedado cautivadas con los detalles, con la munificencia y los aciertos. Los juegos de seducción, el roce y el goce, los placeres solitarios y los compartidos, encuentran en esa etapa de la floración e intimidad de la hembra, una catedral edificada con tino y belleza.

La huella del Bisonte reitera que está pasando algo en la nueva literatura venezolana. Que siguen surgiendo razones de peso para mantenernos auspiciosos, y que ya no es sólo cantidad el hecho verificable, sino que la calidad comienza a enseñorearse en nuestro patio.

Ojalá los amigos de la Editorial Norma no dejen morir este importante título en el interior de nuestras fronteras, y a diferencia de otros sellos, hagan una apuesta firme por la internacionalización de Héctor Torres que buenamente lo merece.