Mitchele Vidal, en blog Imágenes urbanas Anoche borré con mis dedos las huellas que dejó un bisonte en la página 247. Espero, sin embargo, que su perfume -una mezcla de café, alcohol y goma de borrar- se quede en mi mente por mucho tiempo.Hace rato que estoy disfrutando la narrativa venezolana, así que en el último año he leído a Oscar Marcano, Federico Vegas, Adriana Villanueva, Rodrigo Blanco, Gisela Kosak y Juan Carlos Méndez Guédez. Desde que decidí no leer más traducciones –y lamentablemente no leo en otro idioma- me sumerjo en el océano infinito del nuestro flotando en aguas claras, turbias, calmas, efervescentes pero ciertamente maravillosas. Es tan grato reconocernos en nuestras palabras, en nuestros sabores y más aún en nuestros lugares. Ustedes saben de mi amor incondicional por Caracas, así que desde que los personajes que pueblan mis lecturas se montan en el Metro; caminan por Sabana Grande; se enamoran en la UCV, o en una heladería, soy un poquito más feliz. Esta novela de Héctor Torres me encantó. Como dice María Pilar Puig, no es posible soltarla una vez que transitas la primera página. Bravo. Al final, cuando me faltaban pocas páginas, volvía atrás, releía, paladeando cada imagen, cada frase, como cuando me queda apenas un pedacito de chocolate y no me atrevo a morderlo, apenas saborearlo para que dure más. Debería decir, para entrar en la tónica de su lírica, como cuando cierras los ojos para que ese beso que apenas comienza, tenue, leve, húmedo se profundice, crezca hasta abracarlo todo y nos haga sentir que todo nuestro cuerpo es esa boca, esa lengua, esos labios y esa saliva, elixir divino que eleva todas las sensaciones, y, que irradia hasta volver de humo las extremidades que en ese momento hacen un descomunal esfuerzo para sostenernos. Viendo a Mario temblar y flaquear ante Karla; a Karla entregarse a él con toda la sensualidad que se desbordaba desde su temprana pubertad, y a Gaby buscar en su profesor al padre que perdió y que recuperó en su tránsito de niña a mujer me ha abierto puertas y ventanas que llevan a los deliciosos caminos del placer sensual, del disfrute de las imágenes que crea el escritor “apenas” con palabras. Palabras precisas, corpóreas, olorosas, mullidas, aterciopeladas, suaves y contundentes. Palabras que avivan el olfato, el gusto, la vista y el tacto. Palabras que erizan la piel y avivan el espíritu. Hace rato que dejé atrás mi adolescencia, que mis curvas han ampliado su radio; que mis manos se secan a pesar de que se tropiezan con un frasco de crema en mi carro, en mi escritorio, en mi mesa de noche; pero aunque mi vientre no conoció el bisturí cuando tuve la dicha de parir a mi hija, las estrías se han enseñoreado en mis caderas pero no en mi corazón. Sin embargo, la neblina del tiempo había atenuado el registro de esas sensaciones de la adolescencia y a través de los personajes de esta hermosa novela los he recobrado. Insisto, además de describir con palabras sensaciones y sentimientos ajenos Torres debe tener una especial capacidad para que las mujeres vuelquen sobre él todos sus secretos. De no ser así, entonces es un mago. Ha encontrado la piedra filosofal de leer la mente de las mujeres. |