Susana Sussmann, en blog Quarks de todos los sabores

Esta novela, aunque pueda sonar a jala de mecate, tengo que decirlo, ha sido un hito en mi vida. Tal vez no por lo que suelen convertirse los libros en hitos de la vida de alguien, pero así fue. Hay un antes de "La huella del bisonte" y un después. Un antes de darle una oportunidad a la literatura venezolana contemporánea y un después.

Si a ser sinceros vamos (y Héctor verá si aprecia mi franqueza exagerada o decide que mi amistad es peligrosa), compré este libro para que me lo firmara. Me gustan los libros firmados por sus autores. Y Héctor es un amigo al que yo aprecio, no, más, quiero mucho. Siempre ha tenido una palabra de aliento para mí cuando la he necesitado. Y siempre está allí, aunque nunca hablemos, nunca nos veamos, siempre ha estado allí cuando he necesitado consejo. Además, tiene muy buen gusto (y espero que solo él entienda a lo que me refiero).

Me alegré muchísimo cuando supe del bautizo de su libro e hice todo lo que pude por estar presente. No es que su libro anterior no signifique nada para mí; lo que sucede es que su primer libro vio la luz en una época de mi vida que era demasiado complicada, y el agua pasada no vuelve a pasar. Pero en esta ocasión era dueña de mis pensamientos y de mis actos, y fui con Carlos a presenciar el bautizo, a felicitarlo (de todo corazón) y a llevarme mi ejemplar autografiado.

Luego de eso tocaba lo que tocaba. Leerlo. Y darle mi opinión. Y ya antes de leerlo me preguntaba dónde terminaba una opinión sincera y dónde comenzaba la jaladera de mecate. Me preguntaba si tendría el valor (todo esto antes de leerlo) de decirle que no habría gustado. Je, es que yo desde el colegio le he tenido aversión a la literatura latinoamericana. (Incluso tomo con pinzas la ciencia ficción latinoamericana.) Y más aversión aún a la literatura que gana premios. Supongo que esto último es una especie de reacción de envidia malsana por sentir que me gusta escribir en un género que no gana premios, excepto si han sido creados solo para él.

Bueno, finalmente me leí la novela. Y, si bien sigue siendo la clase de literatura que no me mueve el piso, debo admitir que lo disfruté mucho. Me divertí leyéndolo y, lo mejor de todo, me sumergí en muchas horas de reflexión sbre la femineidad. Adoro los libros que me hacen pensar. Por eso leo ciencia ficción.

En la novela vemos el despertar de Karla a la femineidad. La narración de sus primeros pasos en la autosexualidad me pareció creíble, aunque tal vez un poquitín prejuiciada. Y, ojo, no me refiero a ningún prejuicio del autor, sino a los prejuicios propios de la misma Karla. Hoy en día no sé hasta qué punto una chica de su edad tendrá miedo de lo que empieza a sentir, la información nos bombardea a todas horas y desde todos los ángulos, y ya no creo posible que una niña-mujer vea la sexualidad desde una perspectiva antinatural. Eso entonces me hizo ruido cuando leía, pero luego recordé que estaba ambientada en los años ochenta, que Karla en esos días tendría la misma edad que yo, que ambas crecimos en un entorno similar (aunque yo no tenía bicicleta, jajaja). Y entonces me pareció menos inverosímil. No me identifiqué con su caso, ni un poquito, porque mi experiencia fue otra. Pero pude creer que la de ella era real.

Mario y Gaby también me parecieron personajes creíbles, así como me lo pareció la madre de Karla. Puede sonar paradójico que la hija sea más astuta en el arte de vivir que su madre, pero puedo dar fe de que es algo muy común.

Hubo dos cosas más que me hicieron ruido, que me parecieron poco naturales. Una fue que, luego de que Karla se siente tan culpable de haber descubierto el placer sexual (no revelo nada, esto pasa en las primeras dos páginas) luego, cuando pasa lo que pasa... ¡ni un suspiro! Bien, tal vez es que, de nuevo, mi experiencia fue diferente. Tengo un par de amigos que son muy (perdón por adelantado por la palabra, pero no hay otra mejor) putos. Ellos, aunque sin haber leído la novela, me convencieron de que la actitud de Karla es tan verosímil como que cada mujer es más "extraña" que la anterior cuando de cama se trata. Y aquí recuerdo algo que mi papá me decía a su peculiar manera educativa: "Nunca conocerás verdaderamente a un hombre hasta que te hayas ido a la cama con él". Él decía que que solo en el sexo la gente se quitaba las máscaras sociales y se comportaba como realmente eran. Que en ese momento una mujer sabe verdaderamente si él es agresivo, violento o dominador. Y luchaba entre dos aguas: su educación tradicional que lo llevaba a evitarme el sexo prematrimonial aunque tuviera que encerrarme en una torre de cristal cual damisela de cuento de hadas, y su temor de que cayera en manos de alguien que "tratara mal a su niñita" por inexperta e inmadura. Bueno, la cosa es que esto se puede aplicar igual a las mujeres. Mi conclusión es que mis dos amigos deben saber más de mujeres encamadas que yo, que en verdad solo me conozco a mí, así que debería creerles a ellos y creeles, por consiguiente, a Héctor y a su Karla.

La otra cosa que me hizo ruido fue que Mario, cuando se entera de lo que le pasó a Gaby no se sintiera como mínimo con ganas de ir a partirle la cara a... bueno, a la persona que hizo lo que hizo y que no menciono para no revelar detalles de la trama. Los que hayan leído la novela sabrán que este tipo no es un tipo cualquiera, y que cualquier padre le hubiera partido la cara. Y Juan Raffo me dijo que seguro se identificaba con el otro tipo y exteriorizaba su propia culpa. Bueno, no lo sé, pienso que si fue así debió sacársele más el jugo a eso. Como está escrito, me sigue pareciendo un poco antinatural.

Pero, quitando esos detalles, me gustó mucho la historia, que leí en dos días y que espero regalarle a mi amiga Paula de Argentina, quien sospecho la va a disfrutar incluso más que yo. El ambiente de la novela es tremendamente realista. Me hizo revivir mi adolescencia. Ahí se nota que Héctor es un verdadero cronista.

Hubo algo que sí me movió el piso. Fue un par de páginas que estaban copiadas íntegras del blog de Héctor. Cuando lo leí me sentí como en una extraña comunión con Héctor, como si estuviera compartiendo el secreto de una travesura con él. Fue una muy linda sensación. Es mucho más satisfactorio leer algo de alguien que conoces, que cuando se trata de un autor desconocido. Comunión, sí, ésa es la palabra.

Nada que decir sobre las escenas ligeramente eróticas de la novela, que parecen escritas para que las lean ojos de mujer. Me gustaron mucho. La textura de goma de borrar se quedó grabada en mi memoria. (Y me pregunto si es la goma de borrar clásica que es un tanto rasposa, o es la goma de borrar plástica que es mucho más lisa...)