Militza Zúpan, en blog Chácharas

El hombre, tan civilizado, tan racional, tan… hombre. Pero cuán rápido se desprende de todo eso que lo “diferencia” de los animales y recurre a sus instintos más básicos al llegar el deslumbramiento. Cuán predecible puede ser.

Creo que es necesario decir que empecé a leer La huella del bisonte una mañana tan calurosa que parecía que Caracas pronto alcanzaría su punto de ebullición. Me refugié en la primera peluquería que encontré a mi paso y, mientras me atendían, saqué mi lectura; llevaba pocas páginas cuando dos de las señoritas que allí trabajan comenzaron una pelea verbal. Sin embargo, estaba conociendo a Karla y eso pesaba más que la algarabía peluqueril que terminó haciendo mutis en mi mente.

Sólo basta leer unas cuantas líneas para saber que Karlita es de esas personas que arrastra consigo algo negativo de lo que nunca se desprenderá; se siente, se intuye, quizás porque Héctor Torres te lo susurra entre líneas o porque simplemente hay muchas Karlitas por allí y ya has conocido alguna. Y esa es una de las cualidades de esta historia, sus personajes se te hacen familiares desde el primer momento.

En La huella del bisonte te saltas esa parte -casi obligatoria en la mayoría de los libros- de ir conociendo a los personajes. Aquí no hacen falta muchos detalles para lograr visualizar al trío de protagonistas, ni a quienes los acompañan. Seguramente muchos ya hemos conocido a algún Mario renuente a soltar su juventud, así luzca marchito interpretando su sempiterno rol; a su hija Gabriela, capaz de equivocarse y seguir adelante con dignidad, o a alguna Raquel quien está más pendiente de ser mujer que la madre de Karla.

Mario se encontró de frente con el bisonte, que en esta oportunidad tenía forma de provocadora “mujer a medio terminar”, y quedó inmerso en un juego que hizo florecer lo más primitivo de su ser, hasta rozar la decadencia. Y así como el bisonte -ese que marcó un hito en la prehistoria- se transformó en Karla y en sus prefabricadas maneras seductoras, también puede tomar otras formas o incluso ser incorpóreo –dinero, poder, odio, envidia, celos-, no sólo tiene que ver con una cruda sexualidad.

Sí, creo todos somos vulnerables a “eso” capaz de trastocarte la vida que tan bien refleja Héctor Torres en su obra –de forma agradablemente erótica, porque nunca cae en lo burdo-. Todos, en un momento dado, podemos sentir ese “sacudón” inesperado, probar el veneno, perder la brújula, quedar en una suerte de limbo si se nos presenta ese bisonte, al que prefiero llamar deslumbramiento, y que puede tener mil caras, mil formas, mil aromas, mil sabores... Nadie está exento.