Ricardo Gondelles, en revista ¡Claro!

Esta obra del venezolano Héctor Torres resultó finalista en el Premio de Novela Adriano González León 2006, auspiciado por la casa editorial colombiana, y nos cuenta el caso de Mario, libretista de telenovelas, un divorciado cuarentón que se nutre de situaciones cotidianas, para ir construyendo los personajes y las situaciones de sus historias. Su única hija, Gabriela, vive con la madre, pero al convertirse en adolescente entabla una estrecha relación con su solitario padre que se traduce en un hondo cariño y una gran confianza mutua. La chica visita regularmente la “cueva” paterna para hacer tareas escolares y compartir tiempo libre y confidencias con su progenitor, hasta que, inocentemente, va y le presenta a Karla, su mejor amiga del liceo… y el mundo del ermitaño, como en los culebrones que escribe, se estremece hasta sus cimientos. Con la carne firme de sus 17 abriles, Karla es extrovertida, retozona y muy peligrosa: está decidida a probarse a sí misma que puede sobrevivir en una cultura que aún tiende a favorecer a los hombres.

Resalta de Torres la capacidad de asumir el punto de vista de la mujer, cuestión que se hace más peliaguda si vemos que se adentra en ese laberinto del minotauro que es el despertar sexual de una adolescente. Notable es cómo aborda la psicología de la niña-mujer, obligada a madurar muy deprisa por las circunstancias, a aprender rápidamente eso que las féminas de hoy parecen dominar con provecho: el arte de disponer luego de proponer en el juego amoroso.

El erotismo en esta novela de Torres está hecho de amagos, de sugestiones táctiles, de sibilinos abordajes verbales de la chica hacia el hombre experimentado –que tienen la eficacia de un ariete para tumbar las empalizadas del “qué dirán”–, de muy graduales levantadas de alcabala y calculadas cesiones de terreno. El juego es demorado y roza la crueldad en sus avances y los retrocesos. Karla es la fruta prohibida.

La huella del bisonte es una meditación concisa y elegante sobre la importancia de conocerse uno mismo, y Torres tiene el buen sentido de eludir el cliché de la-pérfida-Eva-que-pierde-al-buenazo-de-Adán, tan caro a los espíritus misóginos. Se disfruta con la parsimonia de un juego erótico astutamente armado, y se concluye con una agridulce prevención: las reglas del amor intergeneracional ya no son lo que solían ser.