La huella del bisonte, por Milton Quero

No creo recordar un arranque narrativo, que haya despertado en mí mayor interés y gusto, que el de esta novela que hoy nos ocupa. El mismo es un preámbulo delicioso de lo que será la misma, pues nada en él es gratuito, por el contrario: mesurado y equilibrado y exploratorio del tema con un recabado juicio y gusto. Abordar la sexualidad femenina y más aun su despertar, aquellos primeros escarceos es algo que Torres domina muy bien, tanto que algunos se consternaran, al saber que la historia la escribió un hombre. Aun percibo el aroma y el olor de esa adolescente, quien al ritmo de los desniveles del asfalto va explorando su sexualidad montada en una bicicleta. ¡Ese objeto de placer! Sin duda, que aquella divina sugestión de manubrios y enérgicas pedaleadas, forma parte ya de mi repertorio imaginativo.

Esta fresca generación de narradores de comienzos de siglo, tienen una característica unificadora: “el hacerse entender” los lectores agradecemos este gesto, pues el mismo es tributario del ABC narrativo: contar una historia. Es por ello, que actualmente estos escritores despiertan tanto entusiasmo, de modo que la justa queja de María Fernanda Palacios, de hace ya 20 años parece transmutarse del aburrimiento al entusiasmo. Si de algo se asegura Torres es de que sigamos su historia. Es explicito en los acercamientos a los personajes y sus relaciones con los otros. Esta novela enfrenta dos realidades que se cruzan, pero solo para separarse y transitar cada una su inherente camino. El punto de empalme es el placer. Mario en su inevitable declive como cuarentón, solo y abandonado y Karla, joven transgresora en el ascenso del placer. Algo que ya se ha dicho y se ha convertido en marca de la misma, es su delicado encanto erótico, que produce un sugestivo placer por saber que sucederá con los protagonistas de la historia.

En el plano de la historia se establece una relación de amistad entre Gabriela y Karla, ambas adolescentes y ambas hijas del divorcio. El padre de Gabriela, Mario, libretista de televisión, con aspiraciones de novelista -acaso lo será después de su relación con Karla- la adolescente amiga de su hija, con la cual entablará una relación afectiva. Mario transgredirá sus propios límites, de ello vendrá un enfrentamiento consigo mismo. Quizá lo salve la otra trama, la que ejecuta para un canal de televisión -Consuelo, Rodolfo Antonio, Angélica María, personajes que lo abordan, al igual que las situaciones que ve en la calle y de las cuales se nutre -el bus de la Baralt y la gordita desnuda en las adyacencias a su vecindario- El mundo de Mario es trastocado por esta adolescente, que llega inopinadamente con su sensualidad y desenfado. Esta niña-mujer, que antes había afilado sus armas, contra el profesor de castellano, se adentra peligrosamente en su relación con Mario. Este lo sabe, pero al final sede a la tentación. Hay algo cruel en Karla o si se quiere pragmático, en cuanto al uso del poder. Es curioso, que haya sido la relación que su madre, mantiene con hombres ocasionales, lo que la impulsa a usar su cuerpo con este fin. “Los hombres son el poder” se le oye decir. En esa aventura se adentra para subyugar a Mario. Esa travesura de demorar las cosas es algo que juega muy bien, a veces se entrega, otras restringe y así lleva a Mario a su territorio que no es otro, que el manejarlo a su antojo.

La misma puede interesar al lector experimentado, como al joven inexperto que apenas se inicia, pues lo narrado son coordenadas de juventud o si se quiere: un estudio de la adolescencia con pericia de estilete. De modo que los temas de la adolescencia, las urgencias del creador, las secuelas del divorcio, la relación entre un hombre maduro y una jovencita, se cruzan para ofrecernos una novela que se lee con deleite.

Mario es, entre otras cosas Caracas y sus alrededores, esa polaridad que encierra toda ciudad, la infamia y la gloria. Una ciudad que se devela en susurro matutino, para luego convertirse en grito, su cara más oculta, esa que lo golpea por transgredir sus normas, y abusar del uso de sus noches. Ese caos que vive, acaso lo redime, pues ella nutre sus ficciones, entonces como mujer se entrega, pero también se niega. Este mecanismo metaficcional de la novela, donde presumimos que la realidad vivida por Mario, nutrirá su ficción o como lo dijera explícitamente Mallarme: “el mundo existe para llegar al libro”. Mario vivirá de lo real, para luego realizar la novela anhelada, a raíz de su accidentada relación con esta adolescente. Sin embargo, es desgarrador la visión final de este escribidor: observar desde su derrota, el ejercicio de la juventud, su belleza ingrata, sus carnes olor a goma de borrar, sus infinitos tiempos, allí campaneando su escoses, construye una imagen valida de Karla, y como nuestros antepasados que se daban a la tarea de dibujar bisontes, quizá con la esperanza de retenerlos, Mario construye al final la huella dejada por Karlabisonte.

Me resulta admirable, como un personaje aparentemente con tan poca densidad psicológica como puede ser Karla, -una adolescente de 16 años- pueda quedar gravitando en la psiquis del lector, esta pericia de Torres en darle estos caracteres a Karla quizá la conviertan con el tiempo, vaya uno a saberlo, en un personaje de alto rango, y ha de ser así, pues ella cruza toda la novela.

No sé si se ha dicho, o debatido en algún que otro encuentro de literatura, pero otro valor incuestionable de esta nueva generación de narradores, es el dominio de la estructura; a usted quizá, pueda no interesarle el tema, o tal vez niegue la anécdota, pero lo que si no podrá obviar, es que dichas novelas están muy bien estructuradas. Una estructura que a su vez, es tributaria del gusto que siente el lector por ellas. Nadie queda indiferente ante estas producciones y como esto se trata de una presentación, puedo decirles que la novela se lee de un tirón y quienes no lo hagan así, como fue mi caso, pues la deje a medio camino por impostergables problemas familiares. Ella, comenzó a invadir mis espacios reales, comenzó a hacerse necesaria, entonces, sin percatarme, la historia empezó a formar parte de mi “realidad circundante” -haciendo honor a don Julio- volví rápidamente a su lectura, esta vez para concluirla, tal vez sea un juicio precipitado de mi parte, pero estas cosas suelen pasar cuando uno se entusiasma por un objeto de creación, y es que esta novela quedara como una huella profunda en mi sensibilidad como lector, una huella expresiva y grande como las que suele dejar el bisonte.

Con la presentación de esta novela se completa para mí, un Torres bifronte que intuía, aquel generoso y obsequioso, que coordina y dirige ficciónbreve, y que ha sido sin proponérselo, un gran animador cultural y este que se nos devela ahora como novelista, con su claro poder de observación, un manejo cierto de la psicología de los personajes, y un gusto por el detalle, capaz de entregarnos este acabado estudio narrativo, que sin duda quedará como aquellos bisontes, que pintaban nuestros antepasados en las cuevas de Altamira.